Estoy conversando con alguien a quien quiero, y cometo un pequeño error. Pronuncio mal un nombre, se me cae un vaso o digo algo que suena torpe en el aire que nos separa. En medio segundo, el calor me sube al pecho. El cuello se me enciende en rojo, la garganta se me cierra y los ojos se me van al suelo.
En ese instante fugaz, tengo una elección. Puedo resistir el calor, encogerme hacia dentro y concluir que estoy fundamentalmente roto o que no soy deseado. O puedo respirar hondo, dejar que el calor simplemente esté ahí y reconocer que esa sensación física en el pecho no es más que el costo biológico, puro y crudo, de que me importe la conexión.
La vergüenza, el bochorno, la torpeza y el amor no son mundos emocionales separados. Habitan un mismo espectro fisiológico. Cuando entiendes cómo funciona ese espectro en tu cuerpo, dejas de tratar tu vergüenza como un defecto personal y empiezas a verla como una invitación hacia un respeto propio más profundo.

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